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domingo, 10 de enero de 2021

Malthus, Gaia y el Coronavirus

(English below)

En el siglo XVIII, en los albores de la Revolución Industrial, Inglaterra se enfrentaba a los desafíos de una población en continuo crecimiento. ¿Podría Inglaterra alimentar a un número creciente de bocas? ¿Podría la producción mantener el ritmo del crecimiento demográfico? O, por el contrario, ¿sucumbiría Inglaterra al colapso, como otras sociedades del pasado ya lo habían hecho? En 1798, Thomas Robert Malthus, uno de los padres de la ciencia económica moderna, intentó responder a estas cuestiones.

Malthus comprendió que la tendencia exponencial del crecimiento poblacional hará que éste tienda a superar al crecimiento de la producción de alimentos, de naturaleza aritmética. Pero dada la necesidad de alimentos para la sobrevivencia, el crecimiento demográfico se ve por tanto siempre limitado al crecimiento de la producción de alimentos. De esta forma, en situaciones de crecimiento demográfico acelerado, tarde o temprano se han de activar frenos a ese crecimiento. Malthus entendió así que el hambre y las guerras por los recursos escasos eran dos de los principales “controles positivos” al crecimiento demográfico. Para el reverendo economista, un tercer control positivo natural eran también las enfermedades y epidemias, tan presentes y devastadoras a lo largo de la historia de la humanidad (y que tontamente en la actualidad creíamos superadas).

Pero el ser humano no necesita solo de alimentos para sobrevivir. Consumimos insaciablemente recursos naturales de todo tipo. Más aún, necesitamos de un ecosistema favorable, con su intrincada red de servicios naturales, desde el agua que bebemos y el balance atmosférico del que depende nuestra propia sobrevivencia, hasta el equilibrio biológico que permite nuestra propia vida. En un planeta finito como el nuestro, los recursos para nuestra sobrevivencia son por definición limitados, y los balances y equilibrios naturales de los que dependemos, frágiles.

En 1979, James Lovelock desarrolló la teoría Gaia; la idea de que podemos considerar a la Tierra como un organismo vivo en sí mismo. Una idea arraigada en las creencias de civilizaciones milenarias; Gaia era la diosa de la Tierra para los griegos, la Pachamama de los Incas. Una idea ahora con fundamentos científicos: la Tierra tiene un núcleo que rota a gran velocidad y que no solo mantiene geológicamente activo al planeta, sino que también le confiere su protección electromagnética necesaria para la vida. Más aún, el planeta se mantiene en “homeostasis” – la capacidad de todo ser vivo de mantener una condición estable y compensar los cambios en el entorno mediante el intercambio regulado de materia y energía con el exterior. La Tierra es por tanto un sistema único y autorregulado, formado por componentes físicos, químicos, biológicos y humanos, y con la capacidad de adaptarse y sobrevivir. Un sistema en el que un desequilibrio, como el crecimiento descontrolado y amenazante de alguna especie, se ve respondido por fuerzas balanceadoras.

La población mundial se aproxima rápidamente a los 8 mil millones de habitantes. La velocidad de nuestro crecimiento poblacional es tal que la sola “inercia demográfica” nos puede llevar a ser más de 9 mil millones a mitad de siglo, y más de 11 mil millones antes del año 2100. A su vez, nuestro impacto ecológico alcanza hoy una escala global, con efectos ya irremediables, y con un potencial devastador para la vida misma en el planeta.

En la naturaleza, cuando una especie se multiplica, también lo hace su depredador. Y así, los ecosistemas, de forma maravillosa, mantienen su equilibrio y diversidad. Unos equilibrios y diversidad que nuestra multiplicación amenaza seriamente. Pero, ¿quién controla nuestra expansión? ¿Y si lo que vivimos hoy en día es solo una respuesta natural de un planeta que intenta autorregular sus ciclos biológicos? Los virus no viajan solo, como sabemos; se expanden de forma global y acelerada a causa de nuestra sobrepoblación. ¿Y si el coronavirus no es más que uno de esos controles positivos, ahora a escala global, de los que Malthus tanto nos advirtió? Si Malthus nos visitará desde el más allá, seguramente nos diría: “os lo dije”! Pero también nos recordaría que hay otra opción: frente a los controles positivos del hambre, las guerras y las enfermedades, el ser humano puede implementar “controles preventivos”; está en nuestras manos controlar nuestro crecimiento y reducir el impacto ecológico tan devastador que actualmente causamos. 

La vacuna contra el coronavirus podrá ayudarnos a corto plazo, y así evitar tanto sufrimiento. Pero no nos engañemos; a largo plazo no tenemos otra opción que recobrar nuestro equilibrio con la naturaleza y el sistema vivo e integrado de la Tierra, del que somos solo una parte. Si algo deberíamos aprender de esta pandemia es el dejar de creer en un poder infinito que no tenemos. Entender la urgente necesidad de frenar nuestro crecimiento insostenible, cambiar nuestras dinámicas, respetar más la naturaleza y la vida en cualquiera de sus formas. Comprender que el destino de la Tierra y la vida es también el nuestro propio.

 
Malthus, Gaia and the Coronavirus

In the 18th century, at the dawn of the Industrial Revolution, England faced the challenges of a continuously growing population. Could England feed an increasing number of mouths? Could production keep pace with population growth? Or on the contrary, would England succumb to collapse, as other societies of the past had done? In 1798, Thomas Robert Malthus, one of the fathers of modern economics, attempted to answer these questions.

Malthus understood that the exponential trend of population growth will tend to outpace the growth in food production, arithmetic in nature. But given the need for food to survive, populations can only grow limited to the availability of food production. Thus, in situations of accelerated demographic growth, sooner or later, checks will be activated to stop population growth. As Malthus understood, hunger and wars over scarce resources were two of the main "positive checks" on population growth. For the reverend economist, a third natural positive check was disease and epidemics, so present and devastating throughout the history of mankind (and that we foolishly believed to be something of the past).

But human beings not only need food to survive; we insatiably consume natural resources of all kinds. Furthermore, we need a favourable ecosystem, with its intricate network of natural services, from the water we drink and the atmospheric balance on which our own survival depends, to the biological balance that allows us to be alive. On a finite planet like ours, the resources needed for our survival are, by definition, limited. Likewise, those natural balances that sustain our existence are extremely fragile.

In 1979, James Lovelock developed the Gaia theory; the idea that we can consider the Earth as a living organism in itself. An idea rooted in the beliefs of ancient civilizations; Gaia was the Greek for planet, the Pachamama of the Incas. An idea now rooted in scientific foundations: The Earth has a core that rotates at high speed and that not only keeps the planet geologically active, but also gives it the electromagnetic protection necessary for life. Furthermore, the planet remains in "homeostasis" - the ability of all living things to maintain a stable condition, compensating for changes in the environment through the regulated exchange of matter and energy with the outside. The Earth is therefore a unique and self-regulating system, made up of physical, chemical, biological and human components, and with the ability to adapt and survive. A system in which any imbalance, such as the uncontrolled and threatening growth of a species, is responded by counterbalancing forces.

The world's population is fast approaching 8 billion. The speed of our population growth is such that only by “demographic inertia” there will be more than 9 billions of us by mid-century, and more than 11 billion before the year 2100. In turn, our ecological impact reaches today a global scale, producing irreversible effects with the potential of devastating life itself on the planet.

In nature, when a species multiplies, so does its predator. And so, ecosystems, in a wonderful way, maintain their balance and diversity. Our multiplication is seriously threatening that balance. But, who controls our human expansion? Is the current coronavirus situation just a natural response of a planet trying to regulate its biological cycles? As we know, viruses do not travel by themselves; they expand due to our overpopulation. Could the coronavirus be just one of those positive checks, now on a global scale, of which Malthus warned us so much? If Malthus was to visit us from his grave, he would surely say: "I told you so"! But it would also remind us that there is another option: in the face of the positive checks of hunger, wars and disease, human beings can implement “preventive checks”; it is in our hands to control our population growth and reduce the devastating ecological impact that we are causing.

The vaccine to the coronavirus can help us in the short term, and avoid so much current suffering. But make no mistake; in the long term, our only option is to recover our balance with nature as part of Earth´s living and integrated system. If there is a lesson to learn from this pandemic it is the urgent need to stop believing in an infinite power that we do not have. We need to understand how essential it is to stop our unsustainable dynamics and start respecting nature and life, in any of its forms. We need to understand that the destiny of life on Earth is also our own.

lunes, 6 de abril de 2020

Ante el coronavirus, no más nacionalismos por favor!

Me hubiera gustado otro título para esta reflexión, pero a estas alturas realmente ya no sé cómo ser más claro. Y seré breve, pues como dicen, breve y bueno dos veces bueno.

Que vivimos en una época de resurgidos nacionalismos, si cabe más populistas que los de antaño, no es noticia. Y sabemos que estos nacional-populismos son extremadamente peligrosos. Lo que es nuevo es que el COVID-19 se haya convertido en el nuevo instrumento de esos nacionalismos.

Mientras millones trabajan unidos, juntos para luchar contra la epidemia del coronavirus, un desafío global como muchos otros, no faltan quienes aprovechan la ocasión para alimentar divisiones y conflictos. Por un lado, gobiernos nacionales como regionales que se atacan mientras sacan pecho de su buena labor frente a la crisis. Por otro, críticos que desde el sofá de casa creen que hubieran hecho todo mejor. A escala internacional, países que confiscan material que otros han comprado. El argumento de unos y de otros es el interés supremo de la nación, la suya claro. Da igual que el mundo colapse, ¡mi nación sobrevivirá! Nacionalistas, rancios y estancados en el pasado, atacándose y culpándose los unos a los otros, aprovechando la ocasión para hacer política, radicalizar aún más, e intentar pescar en rio revuelto. Y lo triste es la ignorancia de la gente que cae en su juego. Gente que “inocentemente” comparte,retuiteaesos mensajes que solo generan más división. La irresponsabilidad gratis y al alcance de todos de la era digital.

Pero claro, el sentimiento nacionalista malversado es tanto peligroso como poderoso; y los políticos bien lo saben. Da igual las políticas, si sabes apelar a los instintos nacionalistas de la gente ganarás muchos votos. Y los borregos votan y te siguen sin cuestionar lo que hagas. De hecho, si de algo te cuestionarán, es de no ser aún más “patriota”!

Y es que los nacionalismos malversados vienen de la mano de culpar al otro; argumento invencible a lo largo de la historia. Nuestra nación es superior, y nuestros males vienen siempre de afuera. Que mejor reflejo que este “virus chino”. “Putos chinos”.  Y cuando no eran los chinos eran los “comunistas”, o los “venezolanos castro-chavistas”, o los “mexicanos delincuentes”… da igual, dirige la culpa, y con ello el odio, hacia afuera, hacia una nación extranjera, y tu pueblo te amará por siempre.

¿Hasta cuando seguirá la gente cayendo en la falacia de estos nacionalismos? De verdad, ¡¿tan estúpidos somos?! ¿Tan incapaces de racionar sin dejarnos afectar por el amor ciego a una bandera? ¿No hemos aprendido nada?!

Un país no lo hace grande su bandera, ni repetir mil veces lo grande que es. Un país verdaderamente grande se trabaja a lo largo de los años, desde el esfuerzo y también la autocrítica constante. Un país no es mejor por culpar incesantemente a su vecino, sino aprendiendo a resolver problemas junto él, y no dejando a nadie atrás. Tampoco ninguna política es sólida solo porque apele a los sentimientos nacionalistas. Ningún político tiene razón solo por "su pasión por el país". El poder de la ración y la ciencia debe prevalecer sobre la irracionalidad de los sentimientos. Las buenas políticas se basan en argumentos racionales sólidos, no en colores nacionales. De igual forma, el mostrar gran amor por tu bandera no te hace mejor persona. Lo hace tú empatía y amor al prójimo, tenga un pasaporte como el tuyo u otro diferente.

A lo largo de la historia casi todos los países han sido víctimas de las desgracias de los nacionalismos malversados. Europa es buen ejemplo: derramó ríos de sangre a causa de ellos. Pero los nacionalismos pueden superarse. La Europa de post-guerra lo consiguió. Y al hacerlo cambio la historia del viejo continente, y con ella la del mundo. De atacarse mutuamente los europeos empezaron a trabajar juntos. 

En otras regiones del mundo encontramos también ejemplos en los que, ni que sea temporalmente, se han superado los nacionalismos, y con ello se ha labrado un futuro común mejor. Creo que es buena época de aprender de esos momentos y volver a trabajar unidos. Y los que no quieran hacerlo que den un paso al lado. No más nacionalismos anticuados y baratos por favor!


domingo, 22 de marzo de 2020

La cuarentena como oportunidad

[ENGLISH BELOW]

Llevamos ya una semana de cuarentena en España, dos meses en Wuhan, unos pocos días en otros países. En uno y otro caso la gente se va quedando sin que hacer en casa. El confinamiento desespera, no sabemos qué hacer con nuestro tiempo (ver mi post pasado). Pues dejadme que os ayude. Y para ello les recuerdo de la mayor aventura de la humanidad, de la más extraordinaria historia jamás contada, y que, con curiosidad suficiente, tenemos hoy todos al alcance de la mano. 

Una historia que comenzó hace ya mucho tiempo, con personajes maravillosos e intrigantes, desarrollada en múltiples parajes e idiomas, con giros inesperados y llena de sorpresas. Una historia en la que todos podemos participar y que no se detiene. Una historia que nos enseña más que cualquiera otra jamás contada, que nos muestra varias de las mejores cualidades del ser humano: su curiosidad, su deseo a superarse y cuestionarse todo, a entender su entorno, a llegar más lejos.

Una historia que nos permite entender mejor lo que nos rodea, nuestro mundo, el universo, e incluso a nosotros mismos. ¡Una historia que nos libera! Nos libera de la ignorancia, y así sucumbir a mentiras y engaños. Nos libera de la angustia a lo desconocido. Nos libera del peor confinamiento de todos, que no es otro que el de nuestras propias ideas, egocéntricas, limitadas y probablemente equivocadas. Una historia que nos conecta con todos, con la naturaleza, con el presente, pasado y futuro. Una historia que nos permite viajar desde casa. Una historia que nos permite soñar.

La historia que os hablo tiene sin embargo algo muy particular. No está en Netflix, pero partes de ella, sabiendo buscar, se puede encontrar ahí. Tampoco está en un canal de Youtube, pero si hay videos que os llevarán a ella. Esta historia tampoco está en un solo libro, pero leer será la mejor forma de seguirla. La historia de la que hablo está al alcance de todos, pero hay que saber buscarla, construirla, enlazar sus diferentes capítulos y personajes. Una historia extremadamente simple pero rica y compleja a la vez. Una historia para disfrutar, pero también para pensar.

Y creo que a estas alturas ya queda claro de que la historia de la que hablo no es otra que la historia que es la ciencia. La historia de la curiosidad y el conocimiento humano, la historia de nuestra creciente capacidad para entender nuestro mundo, incluidos nosotros mismos.

Gozamos hoy de un conocimiento del mundo que nuestros antepasados no hubieran ni podido soñar con él. Y muchos no son conscientes del hermoso regalo que supone este conocimiento, accesible hoy, en la era de internet, a prácticamente todos. ¿Cómo podemos aburrirnos teniendo este regalo a nuestro alcance? Un regalo que los grandes pensadores y científicos nos han dejado a lo largo de la historia. ¿Cómo elegir vivir una vida de ignorancia cuando el conocimiento está ahí esperándonos? Ahora que tenemos tiempo, ¿por qué no disfrutar de esta historia tan fascinante y enriquecedora? 

Sé que muchos no tienen esa curiosidad necesaria, o que prefieren recluirse en la comodidad de sus ideas y creencias. Los respeto, pero creo que se equivocan. Y ese error tiene una gran consecuencia. Vivir de espaldas al conocimiento, aunque pueda parecer más sencillo, termina haciéndonos esclavos de nuestra propia ignorancia. Y hoy más que nunca, en los tiempos del populismo, las fake newsy la pseudo-ciencia barata, esa ignorancia es muy peligrosa. 

Pero la motivación principal para engancharse a la historia de la ciencia no ha de ser el miedo, más bien lo contrario: el deseo de explorar, la valentía a equivocarse y aprender algo nuevo, las ganas de crecer. Y afortunadamente podemos elegir por dónde empezar. Solo hay que plantearse alguna buena pregunta. El intentar responderla bien seguramente nos meterá de lleno en la historia fascinante que es la ciencia. Os garantizo que si lo hacéis bien la cuarentena será más enriquecedora y llevadera.


Quarantine as an opportunity

We have already been in quarantine one week in Spain, two months in Wuhan, a few days in other countries. In some cases, people are starting to feel they have nothing left to do at home. Confinement causes despair; we don't know what to do with our time (see my past post). Well, let me try to help you. And for this, let me remind you of the greatest adventure, the most extraordinary story ever told, which, with enough curiosity, we can all follow.

A story that started a long time ago, with wonderful and intriguing characters, developed in multiple places and languages, with unexpected twists and full of surprises. A story in which we can all participate and that does not stop. A story that teaches us more than any other ever told and that shows us several of the best qualities of the human being: his curiosity, his desire to excel and question everything, to understand his environment, to go further.

A story that allows us to better understand what surrounds us, our world, the universe, and even ourselves. A story that frees us! It frees us from ignorance, and thus to succumb to lies and deceit. It frees us from the anguish of the unknown. It frees us from the worst confinement of all, which is none other than our own ideas, egocentric, limited and probably wrong. A story that connects us with everyone, with nature, with the present, past and future. A story that allows us to travel from home. A story that allows us to dream.

However, the story I am telling you has something very particular. It is not on Netflix, but parts of it, knowing how to search, can be found there. It is not on a YouTubechannel either, but there are videos that will take you to it. This story is not in a single book either, but reading will be the best way to follow it. The story I am talking about is available to everyone, but you should know how to look for it, build it yourself, link its different chapters and characters. An extremely simple, but rich and complex story at the same time. A story to enjoy, but also to think.

And I believe that by now it is clear that the story I am talking about is none other than the story that is science. The story of curiosity and human knowledge, the story of our growing ability to understand our world, including ourselves.

Today we enjoy a knowledge of the world that our ancestors could not have dreamed of. And many are not aware of the beautiful gift that this knowledge, accessible today, in the internet age, to practically everyone. How can we get bored having this gift within our reach? A gift that great thinkers and scientists have left us throughout history. How to choose to live a life of ignorance when knowledge is there waiting for us? Now that we have time, why not enjoy this fascinating and enriching story?

I know that many do not have that necessary curiosity, or that they prefer to seclude themselves in the comfort of their ideas and beliefs. I respect them, but I think they are wrong. And that mistake has a great consequence. Living in neglect of knowledge, although it may seem easier, ends up making us slaves of our own ignorance. And today more than ever, in the times of populism, fake news and cheap pseudo-science, that ignorance is very dangerous.

But the main motivation to get hooked on the history of science should not be fear, rather the opposite: the desire to explore, the courage to make mistakes and learn something new, the desire to grow. Fortunately, we can choose where to start. You just have to ask yourself a good question. Trying to answer it well will surely take you into the fascinating history of science. I guarantee that if you do it right the quarantine will be more enriching and bearable. 

martes, 17 de marzo de 2020

De coronavirus y estar por casa

¿Aburrido en casa? ¿Desesperado? ¿Con los ojos cuadrados de mirar el facebook y el watsup?... comprensible. Y es que nos estamos dando cuenta de lo mucho que nos cuesta estar con nosotros mismos. Nos hemos acostumbrado a estar constantemente conectados, a una vida urbana acelerada, socialmente intensa, donde las actividades se solapan unas con otras en un ritmo apresurado e incesante. Acostumbrados a no tener tiempo. 

Hace rato que tenía estas reflexiones en mi cabeza, e, irónicamente, por esa prisa constante, no había terminado de escribirlas. El coronavirus, y la consecuente obligación de quedarme en casa, me ha dado la oportunidad de hacerlo.

¿Qué hacer cuando estas en casa todo el tiempo? cuando, de repente, muchas de nuestras actividades diarias se detienen, y sin previo aviso tenemos tiempo para nosotros mismos. Cuando nos vemos a obligados a estar solos.  Y es que nos hemos acostumbrado a estar buscando constantemente actividades que realizar, cosas que hacer, gente con quien hablar. Y así, nuestra vida ajetreada nos ha hecho olvidar a saber estar solos. Extrañamos el ruido y el ajetreo del mundo.

Pero, pasados unos días, y superada la ansiedad y la desesperación inicial del aislamiento, tras infinidad de videos de gatitos en internet, horas incontables de Netflix, recorrer de extremo a extremo el salón de casa, empezamos a descubrir, tal vez por momentos, la satisfacción que viene con ralentizar nuestra vida, de detenernos por un momento, sentarnos y reflexionar (ni que sea por la fuerza de la situación). Y es que al hacerlo recuperamos una parte esencial de nuestra naturaleza, a la que nuestra vida moderna ha dado la espalda. Nos relajamos y, al hacerlo, volvemos a “conectar” con nosotros mismos. De forma similar, el aislamiento nos fuerza a desapegarnos, ya no de objetos sino de actividades que ya no podemos realizar, lugares que no podemos visitar. Y el desapego, aunque pueda parecer doloroso al principio, puede ser muy liberador y devolvernos algo de nuestra necesaria paz interior. Ya nos lo enseño nuestro gran maestro JediYoda. El valor del desapego es una lección central de varias religiones milenarias como el budismo.

Que estos días nos permitan hacer el ejercicio de aprender a “bajar el ritmo”, ni que sea por momentos, de conocernos un poquito mejor, de reflexionar, de meditar. Nos hará mucho bien a todos. Y si no, al menos podrá tener al menos dos efectos externos positivos. El primero, y causa inicial del aislamiento, reducir la expansión del virus. El segundo, reducir nuestra contaminación, como ya los datos satelitales reflejan. Ya dicen por ahí que ojalá reaccionáramos así frente a la otra gran emergencia planetaria que enfrentamos, que amenaza con aniquilarnos no solo a nosotros sino también a muchas otras formas de vida en el planeta, que es el calentamiento global. Y como también dicen por ahí, al final el coronavirus ha venido de una forma u otra también a enseñarnos muchas cosas.

Y cierro, en estos momentos de desesperación hogareña, recordándoos una de las grandes fuerzas de la lectura, que nos es otra que precisamente ayudarnos en el objetivo de aprender estar con nosotros mismos. Pero si han leído hasta aquí es que no necesito que se los recuerde…. Ánimos y #QuedateEnCasa