Les comparto un nuevo post en nuestro blog Latinoamérica21, en El Observador y otros diarios de América Latina:
https://www.elobservador.com.uy/un-ano-proceso-ha-llegado-la-paz-colombia-n1153121
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jueves, 21 de diciembre de 2017
lunes, 3 de octubre de 2016
De decisiones y prosperidad
Erase una vez un
país azotado por la violencia durante más de lo que podemos recordar. Un país
que uno imaginaría desoladoramente triste y afligido, pero que en realidad
enamoraba a quien lo visitaba y capaz de hacer contagiar al mundo entero con su
alegría. Un país a pesar de todo lleno de posibilidades y con todo para
prosperar.
Un día, tras la
guerra, ese país tuvo una oportunidad única. Mucha gente se ilusionó.
Ese país podría ser
Colombia. Pero no necesariamente. Puede ser la pequeña historia de casi
cualquier país. Todos los países modernos han vivido la violencia en algún
momento de su historia. Todos ellos llenos de oportunidades. La diferencia en
la historia de cada cual es cómo han decidido y aprovechado las oportunidades
que se les han presentado. Los economistas del desarrollo conocemos de la importancia
a largo plazo de estas decisiones.
Desafortunadamente
existen países ciegos, donde la guerra ha durado mucho y atrapado a su gente en
el miedo y el odio. Países en los que tras tanto tiempo de violencia, muchos ya
no saben vivir de otra manera. En los que la búsqueda de algo que nunca han vivido,
dejan pasar la oportunidad y elijen un camino que ya conocen pero que solo
lleva a lo mismo.
Lo he dicho en otras
ocasiones, la guerra, cuando es prolongada, genera un sufrimiento, un miedo y un
odio que pueden hundir a una sociedad durante mucho tiempo. Pero muchas
regiones pobres colombianas han desmontado mi argumento. Azotados por la
violencia durante generaciones han conseguido mantener la cabeza fría y apostar
por el fin de esa violencia. Han tomado la decisión que ha puesto en el camino
de la prosperidad ya antes a muchas otras sociedades. En la Colombia rural el
Si a los acuerdos con la FARC han triunfado indiscutiblemente. Pero no fue
suficiente. Desafortunadamente, en muchas ciudades colombianas (aunque no en
Bogotá) el miedo y odio (al que tanto he temido siempre) ha dominado la
votación y el No a los acuerdos ha ganado.
Una sociedad solo
puede ser próspera a largo plazo si es inclusiva y pacífica. Y para ello ha de
aprovechar las oportunidades que se le presentan. La historia de la humanidad
lo ha demostrado sin duda (les vuelvo a recomendar leer Por Qué Fracasan los Países, de Acemoglu y Robinson). Colombia es prospera,
pero solo para algunos; la mayoría de su gente aún es pobre o muy pobre.
Colombia es claramente no inclusiva, muy desigual y violenta. Y lo peor de
todo, la gente de la que el país depende no quiere cambiar esta situación. Así,
que la prosperidad llegue a todo el país es imposible. Algo triste e injusto no
solo con los desfavorecidos, sino especialmente con quienes heredaran esta
tierra tan golpeada por su propia gente.
sábado, 2 de enero de 2016
Externalidades, respeto mutuo y prosperidad
Cual sería mi regalo para los colombianos para este 2016? Un
propósito para todos?...Que aprendamos el concepto económico de las
externalidades. Me explicaré, claro.
En mi visita de este año a mi querida tierra natal (visita
que hago cada diciembre/enero hace 15 años desde que me fui a España) he
comprendido como no lo había hecho antes una razón de muchos de los problemas
de Colombia. Y esa no es otra de que los colombianos no parecen entender el
concepto de las externalidades.
Escucho por doquier, incluso en Facebook, y con vehemencia,
como muchos reclaman “ser libres de hacer lo yo quiera”, “vivir a mi manera”, “hacer
lo que me dé la gana”. Los colombianos quieren tomar sus propias decisiones según
mejor les convenga a cada uno de ellos (decisiones que pueden ser sencillas, no
hablo necesariamente de decisiones vitales), quieren “salir ganando” en todas, “no
dejarse” de nadie. Incluso el concepto que no pocos tienen de libertad en
democracia es “que cada uno pueda vivir como quiera”.
Muchas (por no decir todas) de las acciones individuales que
realizamos traen consigo consecuencias que van más allá del individuo; generan
una externalidad. Pongamos ejemplos. Un clásico en economía es el de la
contaminación: cuando una empresa fabrica lo que sea que venda genera
beneficios para ella, pero también genera contaminación que nos afecta a todos.
En el cálculo de esos beneficios la empresa no tiene en cuenta esos “costos”
que genera a los demás; su contaminación representa una externalidad a los
demás. Así, el “costo social” de la producción de esa empresa es mayor que su “costo
privado” (que no tiene en cuenta la externalidad).
Pero hay externalidades por doquier, y que no parecemos
entender o querer entender. Para los bogotanos es deporte diario salir en carro
hasta para comprar el pan y mientras conducen quejarse del tráfico imposible
que hay en Bogotá. La decisión de cada bogotano de coger el carro genera más
tráfico, desde luego, es una externalidad para los demás. El resultado
colectivo de todas las decisiones individuales es muy negativo. Pero todos
quieren que sean los otros los que no cojan el carro, por supuesto! Siguiendo
con el tráfico, cuando decidimos no respetar los cruces – el bogotano es muy “vivo”
y si se mete en el cruce gana 3 metros – evitamos que los que van en
perpendicular puedan cruzar. Obviamente, cuando ellos tengan la oportunidad, harán
lo mismo. Al final nadie cruza. Esas decisiones individuales generan
externalidades con un resultado colectivo peor para todos. Hay más ejemplos. Veo con tristeza cada año que vengo a
Bogotá como cada vez ha desaparecido un trozo mayor de nuestros lindos cerros
orientales. Claro, “pelar” el monte para sacar arena y piedra para construcción
es lucrativo a nivel individual, y no tiene en cuenta el coste colectivo de la
pérdida de un espacio verde para todos.
Otro ejemplo difícil de tratar nos lleva a una de las raíces
de la violencia en Colombia. Por motivos que no entraré aquí, nos acostumbramos
a resolver nuestros problemas y diferencias no pocas veces usando la violencia
(que no necesariamente tiene que ser de pistola, también puede ser verbal y de
actitud). Y esa violencia se contagia (no necesito demostrárselo, claro),
genera más violencia. Resolvemos un problema, tal vez, pero generamos más. El
resultado colectivo es, como es evidente, tristemente negativo. Obviamente,
nadie quiere ceder, preferimos seguir generando esa triste externalidad
negativa.
Nuestra tozudez en no querer asumir las externalidades
negativas que generamos se ha vuelto
“cultural”. Y las externalidades no solo
se trasmiten espacialmente, es decir entre aquellos con los que vivimos, se
trasmiten también temporalmente: nuestras acciones hoy tiene repercusiones importantes
para las generaciones siguientes. La basura que dejamos, los ecosistemas
destruidos, la violencia endémica, es nuestro legado a generaciones venideras
si no hacemos nada por evitarlo.
Pero no todas las externalidades tienen que ser negativas. Cuando
nos vacunamos no solo prevenimos que nos den enfermedades, también restringimos
la posibilidad de epidemias, generamos una externalidad positiva a los demás.
Igual pasa con la educación: formarnos no solo nos hace crecer como personas y
nos abre oportunidades, también nos permite contribuir a la sociedad donde
vivimos. Incluso ser felices puede contagiarse y generar que el beneficio
colectivo sea mayor que el individual. Desafortunadamente, ese es parte del
problema en Colombia, las externalidades negativas abundan y no hacemos nada
para corregirlas, mientras las positivas escasean y tampoco hacemos mucho para
promoverlas.
La libertad, en una
sociedad democrática, no consiste en que cada uno pueda vivir como quiera.
Consiste en reconocer que existen límites a las decisiones individuales, en
entender que toda decisión personal conlleva consecuencias sociales que hay que
tener en cuenta, en respetar a los demás si queremos que ellos nos respeten a
nosotros. En definitiva, como diríamos los economistas, en alinear los
intereses privados con los colectivos. Las sociedades alcanzan la prosperidad
cuando se vuelven incluyentes (ya recomendé en otra ocasión leer “Porque
fracasan las naciones”, de Acemoglu y Robinson). Parte de ese proceso pasa por entender
las externalidades y actuar consecuentemente, “internalizarlas”, diríamos los
economistas. Es decir, regular las externalidades negativas con impuestos,
restricciones, normas, etc., y fomentar las positivas con subsidios,
incentivos, etc. Pero dado que muchas externalidades son casi imposibles de
regular por el gobierno, su “control” también depende de todos y cada uno de
los ciudadanos, de que seamos conscientes de las consecuencias de nuestros
actos, de que tengamos en cuenta el bienestar de los demás y no solo el nuestro,
de que nos preocupemos de lo colectivo y nos solo de lo individual. En
definitiva, generar respeto mutuo (lean a Paul Collier, entre muchos
economistas que demuestran el valor del respeto mutuo en el desarrollo
económico de los países). El respeto mutuo es básico para que en nuestras
acciones tengamos en cuenta las consecuencias para los demás y que por tanto el
resultado colectivo sea el mejor posible. El respeto mutuo también es el primer
paso para generar confianza en los demás, y a más confianza más trabajo colectivo,
más intercambios (no solo físicos sino también de ideas y conocimientos), más
inversiones, mayor y mejor acción pública, y mejor desempeño económico y
social. Ese respeto mutuo y confianza entre quienes comparten una sociedad es
el ingrediente fundamental de una verdadera democracia y lo que permite que haya
el desarrollo hacia la prosperidad compartida, algo que Colombia aún no tiene.
Feliz 2016 para todos.
sábado, 9 de marzo de 2013
Lecciones desde Venezuela
Con la muerte de Chávez han rebrotado
infinidad de opiniones sobre su figura, su filosofía, sus políticas, sus
ambiciones. Más aún, su muerte ha supuesto una oportunidad para opinar a
libertad sobre la democracia en América Latina y sus gobiernos, en particular
sobre los giros radicales que el continente ha dado en la ultima década. Y,
dada la relevancia de Chávez y el contexto de su muerte, las opiniones no
faltan tanto desde Venezuela misma como desde los demás países de la región, desde
España y el resto del mundo. Opiniones en general enfrentadas entre sus
partidarios y sus opositores, defensores y críticos. Algo parece claro, Chávez no dejó a casi nadie indiferente.
Parece difícil ser neutral al
opinar sobre Chávez (y se que corro el riesgo de generar tensiones al escribir
sobre él). Los mismos medios de comunicación lo presentan como un tirano a la
vez que luego alaban su coraje y voluntad política. Pero en la mayoría de los
casos la atención se centra en su figura y poco análisis serio se hace sobre
los éxitos y fracasos de sus políticas, que es lo que al final debería
interesarnos. En especial, sus 14 años de mandato y de políticas radicales
pueden suponer para Venezuela, y para los demás países de la región (e incluso
para países como España) una oportunidad
de lección de política económica, tanto de errores como de éxitos.
Al margen de la figura de
Chávez, de sus excesos y controversias, las
políticas de su gobierno han supuesto un cambio radical para su país, tanto para
lo bueno como para lo malo (y mi objetivo en estas líneas no es ni defender
ni atacar a Chávez, a eso ya se han dedicado muchos). Mi interés es resaltar
algunas de las experiencias recientes de Venezuela que creo que pueden ser de
gran valor para el contexto Latino Americano, pero no solo para este.
América Latina ha sido siempre
la región más desigual del mundo. Lo ha sido por razones históricas, pero
también por la indiferencia de sus elites y las políticas de sus gobiernos.
Pero América Latina es también la región
del mundo que más está reduciendo la desigualdad en los últimos años (tal
que así lo resaltó recientemente The Economist). Aunque dicha experiencia de
reducción no sea generalizada. Por un lado hay países como Colombia y Perú, que
a pesar de ser de los que más crecen en la región, siguen una senda de
polarización creciente. Colombia lo hace de tal forma que es hoy (como lo
describí ya en este blog) el país más desigual de América Latina y unos de los
más desiguales del mundo. Un país donde la pobreza sigue siendo
abrumadora. Por otro lado, otro grupo de
países esta impresionando con reducciones
nunca vistas en la región de pobreza y de desigualdad. Y lo están haciendo
gracias a políticas sociales decisivas y constantes. Países dentro de los que
se encuentran Brasil y también Venezuela.
Bien es cierto que la situación
macroeconómica de Venezuela no es la mejor, y el gobierno de Chávez cometió
infinidad de errores en la gestión macroeconómica del país. Pero la situación
macroeconómica de Venezuela tampoco fue de maravilla antes de Chávez (de hecho
los niveles de inflación, por ejemplo, eran superiores antes de su llegada). En
tal sentido, no mucho ha cambiado. Lo que sí ha cambiado, y de forma
sorprendente y comprobada por diversidad de organismos internacionales, son los
índices de pobreza, desigualdad y prestaciones sociales. La pobreza se ha reducido en Venezuela del 62% en el 2005 al 27% en el
2011!!!, y lo ha hecho de la mano de reducciones de la desigualdad. De hecho Venezuela presenta hoy los menores
niveles de desigualdad de toda América Latina! (ver figura) Y lo hace gracias a que la
inversión en educación, salud y seguridad social no ha parado de crecer,
mientras en países vecinos se ha estancado.
Es el petróleo! Argumentan
muchos, al tener Venezuela la segunda mayor reserva del mundo. Pues excelente! En el pasado los petrodólares solo
sirvieron para seguir enriqueciendo a las élites de siempre. Elites que
protestan ahora al ver que la riqueza de su país empieza a ser mejor
distribuida. Por nuestra parte, desde España, hipócritas como muchas otras
veces, mientras en voz alta nos alarmamos y criticamos las necedades de Chávez,
en voz baja estábamos encantados de haberlo convertido en el primer cliente de
nuestra vergonzosa industria armamentista.
Los pueblos de América Latina
vivieron durante décadas viendo como sus elites, apoyadas en gobiernos de
derechas, de intereses particulares, explotaban la riqueza de sus países
olvidándose de sus pueblos, tensando la cuerda hasta romperla. Hoy por hoy, la izquierda, populista si quieren
llamarla, tiene como base de toda su fuerza el olvido constante e insensible de
las clases dirigentes de siempre. Y a pesar de sus extravagancias y errores
(a corregir y evitar a toda costa en gobiernos venideros) la izquierda en
América Latina ha conseguido en varios países (como Venezuela pero también como
Brasil y Ecuador) lo que durante mucho tiempo la derecha no quiso hacer,
redistribuir la riqueza en pro de la disminución de la desigualdad y la opción
de salir de la pobreza de millones de latinoamericanos. Disminución de la
pobreza y de la desigualdad que sigue sin llegar en aquellos países, como
Colombia, donde las elites de siempre siguen dominando y olvidándose de los
demás. (Elites a las que seguramente estas líneas les parecen necia. A ellas lo
que les importan es que no se acumulen las basuras en frente de su casa). Y no
es casualidad que la reducción de la desigualdad coincida con gobiernos
sociales. El estudio de la evolución de la distribución del ingreso en América
Latina (por mi parte y por parte de diversos economistas de fuera y dentro de
la región) muestra claramente el papel
fundamental de los gobiernos de izquierda en la considerable reducción de la
desigualdad dada durante las ultimas décadas. Y tampoco es casualidad que
millones de venezolanos, a pesar del resto, guarden pasión por Chávez y por su
revolución.
Ojalá el nuevo gobierno de
Venezuela, y los que tengan que venir en América Latina, corrijan los excesos
de Chávez y eviten sucumbir a la corrupción del poder. Ojalá gestionen mejor la
macroeconomía del país. Ojalá eviten dividir a sus pueblos y fomentar tensiones
innecesarias. Pero ojalá también no se olviden de que su principal
responsabilidad es para con el bienestar de todos sus ciudadanos, en particular
de los menos favorecidos. Ojalá no vuelvan, como en el pasado y como aún sucede
en muchos países de la región, a olvidar las necesidades de sus ciudadanos y a
gobernar solo pensando en los intereses de unos pocos. Lección relevante para América Latina pero nunca más oportuna para
España, donde mientras la mayoría se hunde unos pocos siguen enriqueciéndose ya
sin vergüenza alguna, convirtiendo a España (según la OECD) en el país
desarrollado donde la desigualdad más crece. (De hecho, al ritmo que vamos, no
me extrañaría ver en un futuro no muy lejano, por el peso mismo de la situación
(como sucedió en Venezuela) gobernar en España a nuestro propio Chávez!)
sábado, 24 de noviembre de 2012
La madre de todos los males! Pobreza, desigualdad y escasa movilidad social en Colombia
Durante los últimos
años el debate sobre la pobreza en nuestro país ha retomado fuerza. Tras muchos
años relegadas frente a otras prioridades como el conflicto armado y el
narcotráfico, las políticas sociales y la
lucha contra la pobreza han vuelto a lo más alto de la agenda política (en
especial desde la llegada de Santos a la presidencia). De hecho, gracias a esa
nueva voluntad política, pero en especial gracias a varios años de bonanza
económica tras la crisis de principios de siglo, hemos visto una mejoría. Según
los datos del Departamento Nacional de Planeación, y usando la nueva
metodología, el porcentaje de colombianos por debajo de la línea pobreza (por
ingresos) fue del 37.2% en 2010 mientras lo fue del 40.2% en el 2009. Por su parte
el porcentaje de colombianos en indigencia (pobreza extrema) fue del 12.3% (más
de 5 millones de colombianos) en el 2010 frente a 14.4% en el 2009.
Sin embargo,
Colombia sigue siendo uno de los países de nuestro entorno con mayores niveles
de pobreza extrema, y lo es de forma excesiva para su nivel de ingresos,
clasificado por estándares internacionales como de medio alto. Por ejemplo, y
sin ir muy lejos, Ecuador con 36%, Perú con 31.3% y Venezuela con 29%, tres de
nuestros vecinos y todos también países de ingresos medios altos, tienen
niveles inferiores de pobreza. De hecho, Colombia,
tras Bolivia, se mantiene como el segundo país de Sur América con mayores
porcentajes de su población en situación de pobreza y pobreza extrema.
¿Por qué reducir la pobreza en Colombia es una tarea tan
ardua? ¿Cuáles son las causas, dinámicas y
consecuencias que perpetúan la pobreza en nuestro país? La revista The Times resalta esta semana en
portada el papel central y determinante de la desigualdad en la actual crisis
económica mundial y dedica todo un informe especial a analizar su evolución creciente
en la mayoría de los países en las distintas regiones del planeta. El informe
resalta a Latina América como la región más desigual del mundo. Pero igualmente
resalta a los países latinoamericanos como varios de los que mayores esfuerzos han
realizado para reducir dicha desigualdad durante las últimas décadas,
haciéndolo mediante un gasto cada vez más progresivo – en especial en educación
– y programas de transferencias condicionales a los más pobres. Así, la
desigualdad promedio en los países de la región es la más baja de las últimas
tres décadas. Un excepción resalta sin embargo: Colombia.
Nuestro país, a
consecuencia de sus estructuras altamente desiguales, padece de una peor
distribución del ingreso y de niveles de pobreza significativamente más
elevados que la mayoría de los países de ingresos similares. El crecimiento
económico sostenido no se traduce en reducciones significativas de la pobreza en
Colombia sino en incrementos de los niveles de desigualdad del país. Colombia es hoy, tristemente y según datos
internacionales del Banco Mundial, el país más desigual del mundo! Lo es
mirando datos disponibles para el 2010 y 2011. El coeficiente de Gini (que mide
la desigualdad de ingresos, siendo 1 desigualdad extrema y 0 igualdad perfecta
y que subió al 0.560 en el 2010) fue el más alto de los países considerados. Nuestro
país también fue primero si nos fijamos en la concentración de la riqueza en el
10 por ciento más afluente (una estadística de moda): en Colombia el 10 por ciento más rico concentra un 44.4 por ciento de los
ingresos nacionales. Si también consideramos datos desde 2007, para
completar una cobertura de 170 países (dado que no se disponen datos anuales
para todos los países) solo Honduras, Seychelles y Sur África registran niveles
de desigualdad mayores (además de República Centro Africanas en el caso de la
concentración de la riqueza en el 10% más rico).
En Colombia los
pobres están claramente excluidos de la generación de la riqueza. Las
estructuras económicas y sociales de nuestro país condenan a las nuevas
generaciones nacidas en pobreza a sufrir las mismas dificultades de sus
progenitores; estamos también dentro de
los líderes en menor movilidad social. Mientras en Perú existe una
correlación entre la educación de los padres y los hijos del 0.5, en Colombia
esa correlación es del 0.7 (según informes de Fedesarrollo). Dado que la
educación es decisiva para definir el nivel de ingresos individual, eso significa
que al tener pocas expectativas de una mejor educación la pobreza se vuelve
hereditaria en nuestro país. Así, tan escasa movilidad social perpetúa la
pobreza de muchos y desgasta los incentivos individuales de superación, tan
fundamentales en las sociedades modernas que se proponen prosperar. En
definitiva, en Colombia no solo la pobreza es excesiva, los pobres parecen
tener muy pocas posibilidades de salir de ella.
Además de su papel
central como causa y consecuencia de la actual crisis mundial, diversos
estudios recientes, entre ellos varios del Fondo de Naciones Unidas para el
Logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, enfatizan la desigualdad y la movilidad social como
retos clave en la consecución de los objetivos de reducción de la pobreza y de
desarrollo económico. Y es que reducir la desigualdad no solo nos permite
reducir la pobreza directamente, también, al garantizar un mercado interno
fuerte y dinámico y un mejor aprovechamiento de la fuerza humana de un país, incrementa nuestras posibilidades de
crecimiento económico a largo plazo (hecho contrastado ya por la comunidad
científica), beneficiando tanto a pobres como a ricos.
Brasil es un
ejemplo reciente. Hace mucho famoso por ser líder en desigualdad, galardón que
le hemos arrebatado, Brasil ha conseguido mejorar significativamente su distribución
del ingreso. Por el contrario en Colombia éste ha empeorado considerablemente
(figura 1). Así, mientras la pobreza extrema se ha reducido a la mitad en
Brasil desde 1989, en Colombia, a pesar de los avances recientes, sus niveles
son prácticamente los mismos que hace 20 años (figura 2).
Brasil ha reducido
sus niveles de pobreza gracias a un crecimiento económico sostenido, pero
también, y en especial, gracias a una voluntad política fuerte y decidida.
Desde programas gubernamentales de protección social a gran escala, coma la
“Bolsa Familia”, a políticas encaminadas a incrementar el acceso a la educación
secundaria, la implementación decisiva de políticas sociales redistributivas y
de desarrollo humano ha sido fundamental. Y el ciclo positivo se refuerza; la
reducción de la desigualdad en Brasil está garantizando un crecimiento
económico mayor!
En Colombia, mientras
conseguimos llegar a lo más alto del ranking mundial en desigualdad, poco
sostenible será casi cualquier acción que realicemos en los otros grandes retos
que afrontamos como sociedad. Con los
niveles de desigualdad que tenemos hoy en día no conseguiremos eliminar la
pobreza extrema, no pondremos fin de forma justa y duradera a la violencia, ni
tendremos éxito en la lucha contra el narcotráfico. Bogotá seguirá estando “carísima” (como pone de relieve el reciente informe la Revista Semana
sorprendente sin mencionar la desigualdad como causa del fenómeno). Una elevada desigualdad como la que experimentamos frena cualquier
desarrollo y nos devuelve a afrontar los mismos retos una y otra vez. Si no
atacamos de forma decidida este flagelo nunca seremos una sociedad prospera y,
mientras otros países progresan, nosotros, como en Cien años de soledad, nos repetiremos en nuestros problemas.
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